dijous, 25 de novembre de 2010

H. Arendt i Heidegger

Dice Heidegger, todo orgulloso: «Las gentes dicen que este Heidegger es un zorro». He aquí la verdadera historia del zorro Heidegger.

Había una vez un zorro tan falto de astucia que no sólo caía en trampas constantemente, sino que ni siquiera podía percibir la diferencia entre una trampa y una no-trampa. Este zorro tenía además otro defecto: algo le pasaba en la piel, de suerte que carecía de toda protección natural contra las inclemencias de la vida zorruna. Tras haberse dejado toda su juventud de aquí para allá en las trampas de otros, y cuando ya no le quedaba, por así decir, ni un jirón de piel sana, el zorro resolvió retirarse por completo del mundo de los zorros y se aprestó a construirse una madriguera. En su espeluznante ignorancia acerca de trampas y no-trampas, y dada su increíble familiaridad con las trampas, dio él en un pensamiento enteramente nuevo e inaudito entre zorros: se construyó como madriguera una trampa, se aposentó en ella y se las dio de que su trampa era una madriguera normal (y esto no por astucia, sino porque siempre había tomado las trampas de los otros por sus madrigueras). Pero él resolvió volverse astuto a su manera y aparejar como trampa para otros la trampa que se había hecho para sí y que sólo a él mismo se acomodaba. Esto atestiguaba de nuevo gran ignorancia acerca de la trampería: en realidad nadie podía caer en su trampa, porque él mismo la ocupaba. Lo cual no dejó de enojarle; pues es cosa sabida, desde luego, que, aun con toda su astucia, todos los zorros caen ocasionalmente en trampas. ¿Por qué no habría de competir una trampa de zorro, y una construida por el más experto en trampas de todos los zorros, con las trampas de los hombres y cazadores? Obviamente, porque esa trampa no se daba a conocer como tal con la suficiente claridad. Así que a nuestro zorro se le ocurrió decorar con la máxima belleza su trampa y fijar en ella por todos lados señales inequívocas que decían a las claras: «Vengan, vengan todos, que aquí hay una trampa que es la más bella del mundo». A partir de ese momento estaba ya clarísimo que ningún zorro podría nunca extraviarse y sin proponérselo caer en esta trampa. Pero, así y todo, fueron muchos los que acudieron. Y es que esa trampa servía de madriguera a nuestro zorro, y quien quisiera visitarlo en su casa, tenía que caer en su trampa. Claro que todo el mundo podía luego salir tranquilamente de la madriguera, todos excepto él mismo; pues la trampa estaba enteramente cortada a la medida de su cuerpo. Más el-zorro-que-habitaba la trampa decía con orgullo: «Son tantos los que me visitan en mi trampa que me he convertido en el mejor de todos los zorros». Y también en esto había algo de verdad, pues nadie conoce la trampería mejor que quien se pasa toda la vida sentado en una trampa.